Ella amaba a un hombre, y desde su prisión le enviaba sus suspiros. Estos pasaban los poros
de la corteza terrestre y llegaban a él; y él, amándola también, besaba las rosas de cierto jardín;
y ella, la enamorada, tenía -yo lo notaba- convulsiones súbitas en que estiraba sus labios rosados
y frescos como pétalos de centifolia. ¿Cómo ambos así se sentían? Con ser quien soy, no lo sé…

…de su mansión más luminosa y rica que las de todas las reinas de Oriente, había
volado fugitiva, desesperada, la amada mía, la mujer robada. ¡Ay! y queriendo huir por el
agujero abierto por mi masa de granito, desnuda y bella, destrozó su cuerpo blanco y suave
como de azahar y mármol y rosa, en los filos de los diamantes rotos. Heridos sus costados,
chorreaba la sangre; los quejidos eran conmovedores hasta las lágrimas. ¡Oh, dolor!